En muchas ocasiones, el público que ocupa cada puesto de las gradas desconoce cuáles son las historias y las vivencias que se esconden detrás de cada jugador, independientemente de la disciplina.
Las adversidades que tuvieron que enfrentar y los obstáculos que les tocó vencer para alcanzar un estado absoluto de tranquilidad y experimentar lo que es la gloria por la que habían estado luchado y que habían estado soñando, no están a simple vista en el tabloncillo, ni en los campos de fútbol o de béisbol…

En particular, la historia de Miguel Lunar es de esas que llenan el alma y que dejan más que claro que, aunque suene trillado, los sueños se hacen realidad y que, a través del esfuerzo, los sacrificios y la disciplina, se puede llegar a conquistar el mundo entero.
Nació en Río Caribe, un pequeño, pero muy conocido pueblo ubicado en el estado Sucre.

Y cuenta que, gran parte de su familia, siempre se dedicó a practicar deportes, específicamente, fútbol. De hecho, admite que, desde muy pequeño, fue esa la disciplina por la que siempre sintió cierta inclinación y gusto.
“Comencé viendo jugar (fútbol) a mi padre y a mi hermano, luego me animé a practicarlo yo como hasta los 14 años. Después de eso, fue cuando me adentré al mundo del baloncesto”, recordó Miguel.
Y es que todo comenzó gracias a unos juegos escolares de fútbol, ya que, debido a su altura como factor principal, Miguel fue tomado en cuenta por el profesor de Educación Física para que formara parte del equipo de baloncesto y demostrara su talento.
“El profesor conversó conmigo y me hizo la propuesta. Pero también me dijo que el hecho de estar dentro del equipo, influiría de forma positiva en mis notas. Y acepté”, dijo. No obstante, aclaró que, para ese entonces, todavía seguía sintiéndose más atraído por el fútbol.
Giovanni Di Bella, una pieza clave
“Yo asistí a un encuentro con el Liceo Carlos Francisco Grisanti, estuve jugando y, de repente, me vio el entrenador que estaba a cargo de la selección de Arismendi. Se llama Giovanni Di Bella, una persona muy importante y respetada dentro del deporte en Río Caribe”, relató.
El señor Giovanni, según contó Miguel, se mantuvo buscándolo durante varios días gracias al interés que había despertado en él tras verlo jugar. Y, como se mencionó anteriormente, Miguel no estaba precisamente interesado en jugar baloncesto, por tal motivo, el señor Giovanni no daba con su paradero.
Pero un buen día, por fin dio con la dirección de su casa y lo encontró.
“Al principio, no sentía ningún amor por el baloncesto. Para mí solamente era como una distracción o un pasatiempo. Iba a entrenar, me fastidiaba, luego no iba más, porque mi mente estaba más enfocada en el fútbol”, admitió.
Sin embargo, aún cuando Miguel se mostraba un poco apático, por decirlo de alguna manera, sin darse cuenta estaba comenzando a labrar su destino…
“Fue así como el señor Giovanni comenzó a entrenarme, a enseñarme las cosas más básicas y a corregirme poco a poco”, agregó.
El siguiente paso
Posteriormente, teniendo aproximadamente cuatro meses entrenando, fue llamado para que formara parte de la selección del estado Sucre.
“Me llamaron para hacerme las pruebas (estando en la categoría U-15) y quedé en una categoría mayor (U-16 / Cadete). Pero no jugué. Realmente estaba ahí representando el puesto N° 13”, explicó.
No obstante, cuando retornó a su categoría de origen (U-15), destacó un poco más y comenzó a sentir esa motivación que antes no sentía por el deporte.
Los nacionales y la lesión
“Durante mi primer año de nacionales, viajé a Margarita, a Maracaibo, y luego retorné a Sucre. Pero tuve que irme a casa porque me lesioné. Era mi primera vez jugando y resultó que me doblé un tobillo y no jugué más. Incluso, después de un mes de recuperación, tenía miedo de jugar otra vez por miedo a lesionarme de nuevo”, manifestó.
A raíz de eso, volvió a entrar en escena el señor Giovanni Di Bella…
“El señor Giovanni fue quien me volvió a buscar y me dijo:
—Hijo, ¡vamos! Que te voy a poner a entrenar de nuevo.
Y me llevaba para la playa para que corriera y nadara, para “La Ermita” (Del Carmen) para que subiera las escaleras y para el “Monumento Cristo Rey”, un sitio con una subida parecida a la del cerro “El Morro”. También me ayudaba en el gimnasio, porque su objetivo era motivarme”, recuerda Miguel.
Los primeros zapatos
Asimismo, fue Di Bella la persona que le regaló sus primeros zapatitos de baloncesto. Además de otro par que, a través de esfuerzos y sacrificios, le había regalado su padre.
“No tenía zapatos para jugar baloncesto. Y luego llegué a tener dos pares al mismo tiempo gracias a ellos. Aparte, aún teniendo esos dos, él (Giovanni) me quería regalar otros más”, expresó Miguel con cierta alegría.
Y por esa y por múltiples razones, asegura que lo considera “un segundo padre”.
“Desde que lo conocí, me ha ayudado, me ha enseñado las cosas buenas y malas, me ha aconsejado y ha estado ahí para mí”, afirma.
Después de su recuperación física y de haber dejado a un lado el miedo para jugar, además de haber cumplido los 17 años, volvieron a llamarlo de la selección.
Jugó invitacionales y diferentes tipos de torneos en diversos lugares del estado (como Carúpano, Yaguaraparo, etc.), lo que le permitió foguearse mucho más con el deporte del tabloncillo a manera de práctica. Y siempre logró destacar dentro de las categorías en las que jugaba yendo de intermedio a más.
Caracas
“Fui a un nacional en Caracas y, de hecho, ese fue el último que tuve. Logré destacar bastante allí también y fue cuando conocí a Carlos Fulda y a Rubén González, y me la pasaba con ellos”, contó.
De igual forma, agregó que “cuando me llamaron, que fue de repente, sentí una emoción muy grande porque eso significaba que iba a dar mis primeros pasos en una cancha profesional. En este caso, en el Naciones Unidas; una cancha que jamás creí que iba a conocer porque toda mi vida la había visto sólo en televisión”.

Valencia
Jugó, demostró, le hicieron el llamado a la selección nacional y luego se trasladó al estado Carabobo con el propósito de llevar a cabo una serie de entrenamientos en el “Teodoro Gubaira” y en el Fórum.
Para esas fechas, Miguel no contaba con pasaporte y la selección, con ayuda de su padre para las autorizaciones pertinentes por ser menor de edad, le agilizó todo el trámite y la documentación.
Chile
Después de todo ese proceso, viajó a la ciudad capital de Santiago de Chile para entrenar y jugar un torneo.
“Para mí, fue un torneo muy bonito y una experiencia excelente para mi carrera. Me sentía contento. Era mi primera vez fuera del país. Jugué, no destaqué tanto, pero siento que merecí cada minuto en la cancha, porque trabajé mucho para eso”, aseguró.
Pandemia por Covid-19
Para Miguel Lunar, el hecho de haber pisado la selección significó “un salto”. De hecho, estuvo en el ojo de ciertos involucrados y, ese mismo año (2019), llegó a ser candidato para recibir una especie de beca.
Pero… ¿qué ocurrió después?
Pasaron unos meses y decretaron emergencia sanitaria por Covid-19 a escala mundial, un hecho que, como todo el mundo lo sabe, agarró “fuera de base” al planeta.
“Yo estaba en Río Caribe y me llamaron desde Caracas para que fuera a entrenar y a prepararme (con Diablos de Miranda) para ver si me otorgaban la beca afuera. Recuerdo que estaba con Rubén González. Y estando allá, me volví a doblar el tobillo. El mismo que me había lesionado la vez anterior”, recordó.
“Y aunque me volví a lesionar, todo lo que estaba planeado se cayó fue por culpa de la pandemia, porque cerraron fronteras. Incluso, por poco nos quedamos encerrados en Caracas, pero gracias a Dios me dio tiempo volver a Río Caribe”, especificó.
Sin embargo, nadie le arrebató su primera experiencia adquirida con un equipo SPB.
La segunda recuperación
Por fortuna, Miguel no llegó a quedarse atrapado en Caracas, pero, debido al cierre de carreteras y principales vías de acceso en el país por la misma situación, se vio obligado a quedarse en Cumaná sin poder pasar hacia su Río Caribe natal.
“Las cosas se habían puesto un poco más rudas. No podía pasar para ningún lado. Y me tuve que quedar en Cumaná. Gracias a Dios, allí me recibió un señor llamado José Allen. Me trató como un hijo más”, contó.
“Pero igual, extrañaba mucho a mi familia. Quería estar con ellos. Y también necesitaba recuperarme de la lesión. Por eso, nuevamente el señor Giovanni me prestó su apoyo y, a través de una ayuda brindada por la Alcaldía, me mandó a buscar y pude transitar libremente de Cumaná a Río Caribe gracias a un salvoconducto”, explicó Miguel.
Y así fue como pudo recuperarse porque, aunque no lo parezca, el entorno muchas veces influye. Y estando en su pueblo natal, cerca de sus seres queridos y amigos, esa inflamación en el tobillo se tornó mucho más llevadera. Por tanto, el mismo Miguel asegura que se recuperó “al 100”.
“Aunque no lo creas, ni siquiera asistí a terapias profesionales. Sólo me llevaron en varias ocasiones a casa de un señor que me hacía una especie de masaje en el pie. Por eso pude recuperarme mucho más rápido y de forma natural. También respeté mucho el reposo. Trataba siempre de no caminar, sino más bien de permanecer acostado”, manifestó.

Su primer teléfono
“El primer teléfono que yo tuve, me lo regaló el señor Giovanni Di Bella. En ese momento no contaba con los recursos para comprarme uno y fue él quien prácticamente me lo dio. Pero cuando viajé a Chile, pude comprarme uno yo mismo. Y siempre lo recordaré como el primer regalo que yo mismo me hice después de recibir mi primer sueldo”, recordó con ilusión.
Y vaya que fue un autorregalo muy oportuno, ya que, en pleno encierro, Miguel lo utilizaba para jugar, para hablar con sus amigos y, como quien dice, pasar tiempo de ocio.
El miedo que más nunca apareció
Miguel resalta que, aún cuando sufrió nuevamente una lesión, y en el mismo tobillo, nunca más lo invadió ese sentimiento de miedo o de incertidumbre que una vez se pusieron de manifiesto tras su primer tropiezo.
“Con el tiempo aprendí que, cuando me lesionara, tenía que levantarme, sacudirme y seguir adelante. Y todo, con la ayuda de mi papá, de mi mamá, de mi hermano y del señor Giovanni”, recalcó.
Asimismo, hace especial énfasis en muchas personas de su natal Río Caribe que siempre lo han apoyado y aconsejado, alegando que ese tipo de respaldo siempre influye de manera positiva en su vida.
También es muy importante destacar todo el apoyo que ha recibido de la señora Sulleins Parra, madre de su gran amigo Ronaldo Graterol.
“Durante mis inicios, estuve en Cumaná y tuve la oportunidad de quedarme en varias casas de familia. Pero fue en un sitio llamado El Cumanagoto donde mi amigo y su mamá me recibieron y me trataron como a un miembro más de la familia. Ella me mandaba comida y siempre estaba pendiente de mí. De hecho, hoy en día, todavía lo está”, expresa.
¡A la burbuja!
“Un día normal, estaba llegando a mi casa de entrenar… Y de repente me llamó José Barberi porque Rubén González le había dado mi número de contacto. Comenzó a conversar conmigo acerca de la posibilidad de unirme a la plantilla de Gladiadores y yo lo primero que hice fue a ponerme a llorar de la emoción que tenía”, recordó.
Barberi, al parecer, le estuvo preguntando qué podía aportarle al equipo, entre otras cosas. Y como Miguel había recibido la llamada en el porche de su casa, no le había comentado nada a sus padres aún.
“Cuando Barberi me preguntó si quería estar en un equipo profesional porque conocía parte de mi trayectoria dentro y fuera del país, me quedé frío… Y me dijo: —Si nunca has jugado en un equipo profesional, esta va a ser tu primera vez. ¡Aprovecha!”, relató Miguel.
Posteriormente, Barberi le propuso enviarle un contrato, a lo que Miguel respondió que no había problema alguno, pero que necesitaba conversar al respecto con sus padres.
“Llamé a mi mamá y a mi papá para que vinieran a escuchar la noticia, pero lo hice bien tranquilo, porque estaba en el porche de mi casa, casi en la calle, y no quería hacer escándalos”, rememora entre risas…
—Mamá, me llamaron de Gladiadores de Anzoátegui para que participe en la burbuja de la Superliga. Me quieren dar la oportunidad— le dijo.
“Mi mamá se puso a llorar y me hizo llorar a mí de nuevo. Y mi papá me abrazó y me dijo:
—¿Viste, hijo? Tanto trabajo que pasaste y tantas veces que quisiste dejar de intentarlo… ¡Felicitaciones! Te lo has ganado. Has luchado por eso. Te dije que el persevera, alcanza”, recordó Miguel con sentimiento.
“El primer muchacho firmado” de Giovanni Di Bella
Luego de la alegría y la pequeña celebración con sus padres, Miguel consideró importante darle aviso de la llamada al señor Giovanni. ¿Y cómo no? Si prácticamente estamos hablando del cazatalentos que lo descubrió…
Entonces lo llamó, le contó que había recibido una llamada de un equipo profesional y el señor Giovanni se alegró muchísimo.
Miguel le mencionó que el equipo le entregaría un contrato para que lo firmara y el señor Giovanni buscó a un abogado para que los asesorara.
“Es primera vez que a un muchacho mío lo firman…”, dijo el señor Giovanni.
Luego de leído el contrato y de haber recibido la asesoría correspondiente por parte del abogado, el señor Giovanni le dijo:
—Hijo, firma. ¡Es un contrato muy bueno! A pesar de que será tu primera vez, vas a vivir esa experiencia. ¡Y tienes que aprovecharla!

Momentos duros
Miguel cuenta, con bastante nostalgia, parte de los momentos más duros que le tocó vivir en el camino hacia su propósito.
“Cuando estaba en la selección nacional, yo era de muy bajos recursos. Y el que me ayudaba era el señor Giovanni. Por eso siempre lo nombro. Gracias a Dios, siempre estuvo ahí. Yo me tenía que llevar la comida de aquí (Sucre) para allá (cualquiera que fuera el destino) y él me compraba el pollo, la harina, etc.”, relata.
Por ejemplo, si iba a permanecer dos meses fuera de su tierra, el señor Giovanni le prestaba el apoyo para que cubriera por lo menos la parte de la comida durante esa estadía.
“A veces no tenía que comer, y pasaba trabajo allá”, recordó.
Pero, afortunadamente, cada vez que a Miguel le tocaba viajar con la selección nacional, además de contar con la ayuda del señor Giovanni, las ventas de comida en Río Caribe también aportaban su grano de arena para que el joven atleta pudiera llevarse como una especie de minimercado al viaje.
El número…
Cuando José Barberi le preguntó a Miguel que cuál era el número con el que le gustaría jugar o al que le gustaría representar, él le respondió que con el número 14. Aunque en realidad, por su mente se paseaban dos números: el 11, debido a que su padre siempre había jugado con ese dorsal, y el 5.
Sin embargo, el 11 ya le pertenecía a su compañero Rubén González, mientras que el 5 marcaba el uniforme de su también compañero Margarito Cedeño. Y cuando ya Miguel se inclinó definitivamente por el 14, José Barberi le respondió:
—Escogiste uno de los mejores números que ha tenido el baloncesto en el estado Anzoátegui.
Y Miguel, extrañado, le preguntó el por qué…
—Porque ese es el número de Oscar Torres. Represéntalo como él lo haría— remató José Barberi.
Finalmente, el 15 fue el número ganador, ya que, para Miguel, representa una fusión entre el 11 y el 5.

Más motivación y cambio de hábitos
A partir de allí, Miguel se prometió a sí mismo entrenar más y, de hecho, lo hacía hasta dos veces al día. No obstante, y como se mencionó anteriormente, muchas veces no podía alimentarse como era debido o como debería de hacerlo un atleta. Y eso retrasaba un poco las rutinas de entrenamiento constante.
“El señor Giovanni me dijo que tenía que entrenar más pero, para eso, tenía que alimentarme mejor”, contó Miguel.
“Y como él (Giovanni) tiene una licorería, yo le propuse ayudarlo trabajando allí. Entonces me iba al bodegón después del entrenamiento y cumplía algo así como que un medio turno. Y los fines de semana me quedaba más tiempo porque había más movimiento, ya que no sólo vendía alcohol, sino también productos de comida”, añadió.
El señor Giovanni comenzó pagándole por el apoyo que le brindaba Miguel, sin embargo, el muchacho un buen día le dijo:
—No me pague más. Prefiero que me dé comida.
Los primeros “Kyrie” de Miguel
Transcurrido el tiempo, era de esperarse que los zapatitos de baloncesto de Miguel (regalos de su padre y del señor Giovanni) se deterioraran, pues el trajinar dentro de una cancha de cemento por supuesto que acelera el proceso de desgaste.
Sin embargo, un día llegó el señor Giovanni y le dijo a Miguel:
—Te tengo un regalo.
Era nada más y nada menos que un par de zapatos Kyrie Irving 1, color verde.
“Aún los conservo. Están algo desgastados, pero los tengo guardados donde mi abuela. Eso representa un valor sentimental para mí”, resaltó.
Asimismo, cuenta que el señor Giovanni le regaló muchos más, pero que esos son especiales porque fueron los primeros zapatos con los que pisó tabloncillo profesional.
¿Qué son las depresiones deportivas?
Miguel explica que el hecho de, por ejemplo, estar lejos de su familia y de su tierra natal, así como afrontar retos nuevos y de gran magnitud, la soledad, entre otros factores, son los que se denominan depresiones deportivas.

Y es que no es fácil darse cuenta de que, aunque quieres comerte el mundo, son muchas cosas las que hay que sacrificar.
“Yo sólo quería hacer las cosas bien en mi primera burbuja. Mi primera oportunidad en baloncesto profesional. Quizás no iba a ser de los mejores, porque apenas tenía cuatro años jugando, pero estaba enfocado”, dijo Miguel.
La hora de la verdad
Viajó con el equipo a Margarita con la finalidad de llevar a cabo la pretemporada, la cual, por cierto, tuvo una duración de dos semanas.
Luego, cuando comenzó la Superliga, Miguel se mantuvo entrenando de la mano del profesor Henry Paruta.
“El profe Henry me estaba ayudando a corregir algunas cosas y a perfeccionar el tiro, porque nunca he sido un jugador del perímetro. Luego, gracias a Dios, pude jugar mis primeros minutos en la burbuja”, explicó.
“Anoté mis primeros dos puntos contra Supersónicos (en aquel entonces), y me tocó marcar a Michael Carrera, a quien ahora lo tengo de compañero de equipo, y le saqué un foul ofensivo marcándolo”, recordó.
Módulo U-21
Al momento de regresar a casa luego de finalizar su participación en la burbuja, fue llamado para un módulo de la selección nacional U-21 (y Miguel tenía 18 para esa época).
Para él, fue una bonita experiencia, e incluso cuenta que, en esa oportunidad, tuvo la dicha de conocer a Garly Sojo “La Perla”.
Segunda burbuja
La segunda burbuja, llevada a cabo al año siguiente en la ciudad de Caracas, también representó una etapa importantísima para Miguel en cuanto a su crecimiento y desarrollo profesional.
“En esta burbuja aprendí mucho más. Aparte, venía más motivado, más pulido, como quien dice, y con otra mentalidad. Enfocado 100% en seguir mejorando y surgiendo dentro del baloncesto profesional”, acotó Miguel.
“No vi minutos, no estuve en cancha, pero lo que me llevé de ella, no tiene comparación. El aprendizaje y la ayuda que nos brindó Gladiadores fue algo inolvidable. El equipo costeó nuestras proteínas, las vitaminas y todos los suplementos necesarios para que subiéramos de peso y alcanzáramos el físico que requiere este deporte”, agregó.
Además, las relaciones, los amigos y los compañeros que se cosechan en este tipo de torneos, también juegan un papel importante dentro del día a día de un atleta, pues no escatiman al momento de brindarles su ayuda a los muchachos nuevos que sólo persiguen el sueño de ser basquetbolistas profesionales.
La primera Superliga
Finalizaron las burbujas y, cuando Miguel creía que iba a poder regresar a su casa, Gladiadores de Anzoátegui le dijo:
—Hey! Tú no te vas. ¡Te quedas con nosotros!
Y así fue como el joven sucrense iba a afrontar su primer torneo de Superliga Profesional de Baloncesto en abierto y libre.
Cuenta que jugó pocos minutos, pero también que fue una gran satisfacción que el equipo le hiciera la propuesta de que continuara en el desarrollo, aún con sus 19 años de edad (para aquel entonces).
Y de la mano de “Kako” Solórzano, Miguel vivió su primera experiencia en una temporada de la SPB en condiciones normales.
“No esperaba ver minutos en esa temporada porque estaba consciente de que había jugadores muy buenos, como Santiago Materán, Michael Carrera, Sheldon Mac, Gregory Vargas, etc. Y realmente pensé que sería difícil jugar. Toqué el tabloncillo en dos oportunidades: Una, contra Marinos en Anaco y, la otra, contra Panteras aquí en el Luis Ramos”, especificó Miguel.
“Cada experiencia que yo he vivido con Gladiadores, me ha gustado mucho. Siempre aprendo de los veteranos, de los jugadores que llegan nuevos, de los importados, etc. Y yo, cada vez que puedo, aprovecho lo mejor de cada uno de ellos”, expresa.

Agradecimientos a James Maye
Miguel Lunar guarda un especial recuerdo del entrenador James Maye. Esto, debido a que el novato afirma que siempre estaba pendiente de incluirlos a todos en cada actividad que se llevara a cabo cuando el equipo estuvo bajo su batuta.
“Nos preparaba, nos tomaba en cuenta para todo, nos corregía y siempre le prestaba especial atención a cada caso. Por ejemplo, si yo tenía que mejorar el manejo por la izquierda, él me ayudaba y se ponía conmigo. La verdad, nos ayudó y nos enseñó que, con trabajo y disciplina, siempre estaremos un paso más delante de aquel que no trabaja”, indicó Miguel.

“Hijo, ¡quedamos campeones!”
Miguel se encontraba en el apartamento que compartía con el doctor Alberto Rodríguez (en Anzoátegui) viendo el último encuentro de la final entre Gladiadores y Guaros de Lara en compañía de sus padres.
Resulta que, luego de que el árbitro diera el pitazo final, Miguel se quedó sentado, en shock… Es decir, no reaccionaba.
A los pocos segundos, su padre lo abrazó y le dijo: —Hijo, ¡quedamos campeones!
Luego, Miguel recobró la acción y se levantó, abrazó a su padre y comenzaron a celebrar.
“No participé como hubiese querido participar, pero igual, al formar parte del equipo, también formo parte de ese triunfo. Y sentí la misma emoción que sintieron los muchachos por allá. Desde el apartamento, sentí que estaba levantando la copa con ellos”, rememoró.
El coach Ronald
“Agradezco mucho al coach Ronald por las oportunidades que me ha dado. Él me ha dado muchos consejos y me ha estado ayudando a mejorar el tema de mi desconfianza, que es como mi dificultad en cuanto a la toma de decisiones al momento de querer ejecutar alguna acción”, afirma Miguel.
“Me ayuda en las prácticas y me regaña, pero sé que todo lo hace para que yo mejore cada día más”, añade.
Gregory: Un ejemplo a seguir
“Gregory también me regaña. Me dice cosas que día a día me motivan y me ayudan a crecer. Por eso, de todo el equipo, lo tengo a él como mi ejemplo a seguir. Porque un día él me contó su historia, y tiene un poco de similitud con la mía y con todo lo que yo he vivido. Yo vengo de un pueblo, él viene de un barrio, y ahorita es uno de los mejores jugadores de Venezuela”, recalca.
Su Top 5 venezolano
- Oscar Torres
Es un jugador que, aunque fueron pocas las veces que lo vi jugar en persona, lo pongo en el primer lugar de mi top porque desde hace tiempo lo vengo admirando.

- Gregory Vargas
- Michael Carrera
- Margarito Cedeño
- Raymond Rada
Quiero nombrar especialmente a Raymond en mi Top 5 porque, además de compañero de equipo, lo considero un amigo. Me ha ayudado mucho y se ha portado muy bien conmigo desde siempre.

Su Top 3 extranjero
- Kobe Bryant
- Kyrie Irving
- Ja Morant
¿Qué es el baloncesto para Miguel Lunar?
En este momento es algo especial que estoy viviendo y quiero seguir viviéndolo mientras tenga vida y salud. Aparte de que es mi trabajo, es mi estilo de vida, es mi hobbie y es mi día a día. Sé que me falta mucho entrenamiento, muchas cosas por mejorar y muchas cosas por aprender, pero voy a seguir dando lo mejor de mí porque esta es mi pasión.
Disciplina, respeto y humildad
Estos son los tres aspectos fundamentales que, según cuenta Miguel, le ha enseñado el baloncesto.
“Además de esas tres cosas, con el basket he aprendido a que no solamente en tu casa puedes encontrar una familia”.

Coco raspado y los pasos prohibidos
Una de las anécdotas más chistosas que recuerda Miguel Lunar dentro del basketball, entre tantas, fue cuando lo afeitaron. De hecho, entre carcajadas admite que, al momento de la “rapada”, se dijo a sí mismo:
—Pero bueno, ¿dónde estoy yo? ¿En la academia militar?
Pero lo más curioso del asunto, no fue el rapado como tal, sino que lo hicieron siguiendo la silueta de una mano. Y así tuvo que permanecer por 24 horas. Y luego de allí, vino la afeitada completa.
Además de esa anécdota, también recuerda, entre muchas risas, cuando les tocó bailar durante la celebración del primer campeonado de Gladiadores.
“Nos pusieron a bailar a cada uno. Y ahí tuvimos que lanzarnos los pasos prohibidos”, dijo.
Planes futuros
“Quiero seguir preparándome aquí en mi país. Tengo jugadores de alto nivel a mi disposición para aprender y absorber lo mejor de ellos. Sé que apenas tengo 22 añitos, pero el tiempo pasa muy rápido. Quiero seguir poniéndole empeño y dedicación al baloncesto para poder estar en una liga fuera del país en un futuro”, plantea Miguel.
¿Qué opina Miguel acerca de la constancia?
Es un valor súper importante. Ahorita lo pongo en práctica día a día. Yo siento que la constancia es lo que me ha llevado hasta donde estoy. Si no hubiese tenido constancia, estuviera ahorita en mi casa trabajando o haciendo otra cosa.
Bicampeón
Para Miguel Lunar, el campeonato que acaba de adjudicarse su equipo Gladiadores de Anzoátegui significa “un logro muy importante”.
“Estar aquí me ha costado mucho. Y lo he venido demostrando desde que empecé en este deporte. Sigo aquí y estoy muy contento. No sé explicar exactamente lo que significa”, expresa.

“Para mí, estar en la plantilla de Gladiadores representa un gran orgullo. Algo muy sorprendente. El único equipo bicampeón de la Superliga. Nosotros somos los jóvenes, y tenemos que seguir trabajando por el legado y por más”, finalizó.


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